La personalidad de una taza
"Dime qué taza usas y te diré quién eres" no es
precisamente un dicho popular, tampoco un disparatado refrán de un charlatán o
estrategia de venta de un vendedor de porcelanas; sin embargo, es perfectamente
factible que objetos de uso personal como una pequeña taza de té, pueda proveer
de pistas para establecer un perfil psicológico de una persona. La verdad es
que las características de esta vajilla de uso diario tiene mucho que contarnos
sobre sus dueños. La experiencia rutinaria de la
vida diaria de un individuo se llega a convertir en algo contradictorio y a la
vez clandestino cuando se le contrasta con la imagen pública de la persona en
cuestión, sobre todo si esta imagen es cuidada con el mayor de los esmeros,
siendo el resultado de esto, que el círculo de individuos conectados con
aquella persona, asume, es más, llega a creer que su respetable jefe, colega, auxiliar, asistente o quien fuere, verdaderamente es el tipo de
sujeto que aparenta ser. No tenemos que hacer de todo esto un tratado de
antropología o psicología clínica para llenar los estantes de la biblioteca de
alguna universidad, no solo porque la investigación no vende en estas
latitudes, sino porque es un asunto de dominio público, el aceptar, por un lado
la duplicidad, la doble vida, la dualidad sorprendente de los homo sapiens que
mueven la rueda de la creación, e igualmente creer ingenuamente que las
máscaras son las personas mismas y no las que están detrás.
Pero volvamos a las tazas; ¿por qué son estas tan interesantes
objetos de estudio de la personalidad? En vista de lo anteriormente expuesto,
la simplísima conclusión es que la vida privada no es importante, ya que la
filosofía del orden imperante es que si alguien produce hay que pagarle para
que siga produciendo, para que el negocio siga creciendo y la empresa siga
siendo rentable a unos cuantos y que la maldita maquinaria de enriquecer a los
menos y empobrecer a los mas no se pare jamás; por lo tanto, ¿qué importa la
taza en que uno se sirve el te? no importa ni el material del que está
hecha, ni el diseño, ni el color, ni el tamaño, aunque algunos usen bacinicas
en vez de tazas, proclamando así su grotesca forma de alimentarse; esta tesis
propugna que estos accesorios domésticos desnudan al verdadero ser.
El primer y obvio argumento es el establecer que nos convertimos
en esclavos del sistema y que por tal razón no tenemos derecho a poseer ni
siquiera el tiempo que quisiéramos tener, ni qué decir una bonita taza de
cerámica trabajada o alguna de un modelo fuera de lo común que nos sirva para
tomar el café y que a la vez refleje nuestro gusto personal proveyendo un
momento de refrigerio, un espacio personal para ser quienes realmente somos: Los únicos de nuestra especie humana en este cosmos tan caótico y tan
indiferente.
En segundo lugar, no dejamos de sorprendernos de cómo los objetos
que usamos son una muestra de lo que somos, una extensión de nosotros mismos,
ya que dejan ver quiénes somos en realidad. Nadie escogería algo que no le
guste o que fuere de un color que no sea de su agrado. Una taza de calidad, de buena
porcelana o cerámica, de aspecto duradero y diseñada con arte, definitivamente
tiene un costo superior al promedio, y si somos de aquellos que aunque sea
queremos redimir la hora del café, no escatimaremos el adquirirla así tengamos
que hacer horas extras para el cruel sistema; pero, tristemente, si somos de
aquel grupo mayoritario que está constituido por aquellos quienes han
claudicado a la lucha por hacer valer sus derechos, entonces nos conformaremos con
una de esas tacitas producidas en serie, de fabricación muy corriente, total, "lo que vale es el trabajo y el sueldo que te pagan", postulado de los maniatados por el sistema.
Fíjense cuántas cosas nos pueden revelar las tazas en que a diario bebemos:
Nuestro aprecio a la vida, nuestro buen gusto, nuestra inclinación por el arte,
nuestra admiración por la naturaleza, nuestra sensibilidad a la luz y también a
la oscuridad, nuestro placer de estar acompañados, pero también el placer que
nos otorga nuestra soledad, la exaltación de nuestra privacidad, el evocar
épocas ya idas y hacer de los recuerdos tesoros para compartir o para
guardárselos para sí, el anhelo de experimentar lo novedoso de un nuevo lugar,
pero también el anhelo de conservar lo que nos pertenece, el amor por los
nuestros, la celebración de estar en familia, la protección y refugio contra la
hostilidad de los acontecimientos cotidianos, y muchas otras cosas más como por
ejemplo una compañía para una soledad producto de la partida de alguien
amado. "Wait a minute", diría un angloparlante, ¿tanto poder
afectivo y utilidad puede tener una insignificante pieza de la vajilla que
usamos a diario? ¿no estamos más bien, refiriéndonos a lo débil y emocionalmente enfermizo de una
personalidad y a la inseguridad de alguien altamente sugestionable? La
respuesta es un "no" de plano, ¿no tenemos acaso nosotros, sea cual
sea nuestra educación, nuestro credo y formación, algún objeto favorito, el
cuál no solo tiene el color y la forma de nuestro agrado, sino que le tenemos
un apego afectivo cuasi existencial y cuyas raíces tienen su origen en
nuestra esencia como personas; este puede ser una herencia de familia, un
recuerdo personal de la infancia, una fragancia que activa inolvidables
recuerdos de la niñez, un cuadro, una foto una pintura, una cucharita de plata,
un reloj. Recuerdo que una amiga de mi adolescencia me aseguraba que ella solía
tener un vestido muy apreciado, el cual le había traído suerte en alguna
ocasión para que un muchacho del cual estaba secretamente enamorada le
declarase su amor en una fiesta y no está demás agregar que conservó el atuendo aún
más allá de pasada su vigencia, la del vestido y también la de ella; entonces
¿por qué no atribuirle un carácter especial a una insignificante tacita? aunque
recordemos, no es el objeto en sí, mas el apego, la atracción, la magia, lo que
inspira o provoca en nosotros, y que revela algo de nuestra intimidad, algo que
proviene de lo profundo del ser, eso que alguna vez la psicología llamó
"alma" rasgo propio y exclusivo de nuestra sagrada humanidad,
majestad que nos envuelve y muchas veces olvidamos y de la cual nos despojamos
para allanarnos a la rudeza de lo mecánico e impersonal y terminar sucumbiendo
al maligno status qúo. "Dime en qué clase de taza vas a tomar el
café o el te o la infusión y te diré quién eres o en qué te has convertido"
Oz





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